Que me perdone la ciencia

Publicado 3 mayo, 2010 por PROFR. SATURNINO RAMOS VAZQUEZ

Estoy solito en mi rancho,

he quedado solo en la casa

y ladran los perros afuera

como si vieran fantasmas.

Alones de pájaros negros

me ponen luto en las mangas

y es tan grande el sufrimiento

que voy llevando en el alma

que no lo explican las cosas

ni lo dicen las palabras.

Ocho años, acho años

tenía el pobre hijito de mi alma

que despertó una mañana

con los ojitos encendidos

y el cuerpecito echando llamas.

Me muero, mamá, decía

me muero tata gritaba

tengo una sed de martirio

y un fuego que me abrasa.

Besé al cachorro en la frente

y a la madre en la mirada

y volé, volé en mi caballo

al pueblo.

Siete leguas, siete leguas

de distancia

y el grito de mi hijo adentro

¡agua mamá! ¡agua tata!

Le expliqué al doctor el caso,

se acomodó en su butaca,

me miró de arriba abajo

y me dijo:

Lo siento mucho,

pero la senda que va a tu rancho

es muy mala

y me va a estropear el auto.

Ahí, ahí yo comprendí entonces

que la ciencia no es tan ciencia,

porque no se tiene conciencia,

porque por esos caminos

donde muchos médicos no andan

corre a galope la muerte,

va y viene la desgracia.

Encargó que le comprara

al pasar por la botica

un frasco de limonada

y que trajese al enfermo

cuando la fiebre pasara.

Y yo, yo regresé a mi rancho

como todo padre regresaría

en iguales circunstancias,

con el corazón en los labios

y la tristeza en el alma.

Y el médico no venía,

y el médico no venía

y no era por la senda que iba a mi rancho, ¡no!

sino porque yo no tenía

con qué pagarle a la ciencia.

La fiebre duró poquito,

se le cortó una mañana

entre cantos de zorzales

y el suave aclarar del alba.

La madre abrazaba al hijo,

¡mi hijo con la frente helada!

y yo sin voz,

ahí parado junto a su cama,

poco después de enterrarlo

se fue turbando mi Juana,

se la pasaba todo el día llorando.

Con las manos sobre el pecho,

lo mismo si arrullara un niño

recién nacido,

así, así se me fue la pobre,

así, así la guarda la tierra

con las manos sobre el pecho

acunando su desgracia.

Y ahora sí estoy solito en mi rancho,

he quedado solito en la casa

y ladran los perros afuera

como si vieran fantasmas

y alumbran en mis pensamientos

candiles de luces malas.

Al filo en la medianoche

mi cuchillo cabo de plata,

la única plata del pobre

que nunca sirve pa’ nada

y medito mi venganza.

Por eso le grito al mundo

¡Que me perdone la ciencia!

No me culpen si mañana

dicen que soy un bandido

o un mal hombre sin entrañas.

Nací buey y me hacen puma,

fui cordero y me ponen garras.

Dios todopoderoso

haz que despierte el alba

y arráncame de mi pecho

ese grito, ese grito,

ese grito que me mata:

¡Agua mamá, agua tata!

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2 comentarios el “Que me perdone la ciencia

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