EL BILLETE


 

Una viejecita de alba cabellera, de mirar inquieto,

Ansia que sus ojos ocultar no pueden,

camina despacio por frente a la verja de una casa rica;

cerca de la puerta, bronceada una placa,

de su dueño anuncia la encumbrada talla.

Los ancianos dedos nerviosos oprimen el timbre de acero,

asoma una criada -¡No está el amo en casa!- uraña le dice

cerrando de nuevo y con visible gana la lujosa puerta de la gran morada.

Entre los arriates, sobre un banco, triste, la ancianita espera.

De sus ojos caen, por el césped ruedan luminosas gotas

que el sol mañanero de iris colorea.

Una brisa tenue de aromado vuelo agita las hebras con la sabia muerta de su blanco pelo,

al pasar le deja tropel de recuerdos que estremecen todo su pequeño cuerpo.

De pronto, en la calle, se cimbra un carruaje

viene un caballero de orgullosa estampa, continente altivo,

en sus manos lleva con cintas y flores paquetes de varios estilos y formas,

a su vera corre con saltos alegres, un locuaz chiquillo de amplios ojos verdes.

¡Abuelita!- exclama, ¿por qué no has venido desde aquella tarde en que me contabas la historia del niño que nació muy pobre? Y se hecha en los brazos que tiernos le invitan, y besa la frente que surcaron crueles las luchas y el tiempo.

Pero el caballero, con augusto genio, a la anciana increpa de brusca manera

-¿No te he dicho madre, que nunca me esperes en lugar visible? ¡Qué dirá la gente que al pasar te vea, pensarán mil cosas que no me convienen! Es mejor que vengas cuando ya esté en casa y llames discreta por aquella puerta que es la de los criados, así no te expongas a que mi consorte que es tan delicada, si tiene un disgusto te lo eche en cara.

-Si sólo he venido, contesta la anciana- a ver cómo estaban, hace muchos días que no tengo noticias de ti y de mí nietecito que tanto me extraña, ya me retiraba.

-Puedes ir tranquila de nosotros madre, no nos pasa nada que tu remediaras, y cuídate mucho, no sea que un día de estos vayas a enfermar, y no andes contando esa mala historia que al niño le dices a modo de fábula.

Por ser diez de mayo, toma este billete, y dispensa mucho que esta vez siquiera no pueda invitarte a estar con nosotros el día de las madres, pues tenemos fiesta, y como tú sabes que mis invitados son gente de rango, no estarías contenta ni alternar podrías con ellos un tanto.

-Créemelo hijito, que ni me acordaba que hoy es diez de mayo, en este momento me paso de largo, que tengas muy linda tu fiesta de madres.

Y salió a la calle con pasitos leves, llevando en las manos sin parar, ¡el billete! precio de una ausencia fuerte.

Del viento una ráfaga envolvióla toda, huyeron las lágrimas por los arroyuelos de su cara pálida, el viento, vengando la injuria tremenda que un hijo cobarde con regalo infame clavara en el alma de una santa madre, de sus graves manos arrancó el billete sin que la ancianita ni cuenta se diera, remontólo presto por las azoteas, lo llevó a lo alto describiendo al paso caprichosos giros, lo tiró a lo lejos como vil ofensa y a la madre tierna susurró al oído: TÚ, BENDITA SEAS.

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