El hijo que no he tenido


Esta tarde te vi. Por la calle caminabas
sin darte cuenta, que mis ojos
entre el gentío te buscaban.
Y anduve asi largo tiempo,
con mis ojos en el niño
que de tu mano llevabas.

Y retrocedí en el tiempo.
retrocedí a aquellas noches
en que dijiste me amabas.
Esas noches en que hablabamos, sin palabras.
Solo con amor…con las miradas.
Me vi besando tu pelo, tu frente
y jugando en tu garganta
con ese humilde collar, que un día te regalara.
Y sentí tus manos en las mías.
Tu aliento y tus besos en mi cara.
Y tu sonrisa feliz, y sin querer escuché
nuevamente esas palabras…
esas palabras tan simples
de pareja enamorada:
¡Cuándo me diga papá!…¡Ay cuándo me diga papá!
que dicha grande la mía!
Con cuánto agradecimiento,
te voy a abrazar querida.
¡Cuántas veces me tendras
dando gracias de rodillas
dándole gracias a Dios y al cielo por tanta dicha
Porque es mi niño el que habla.
Porque es mi niño el que ríe.
Porque es mi hijo el que llora.
Si. Porque iba a ser mi hijo.
Y tú….y tu serias mi esposa.
Que hermosos hubieran sido
para los tres las mañanas.
Ubieramos correteado…jugueteando por la casa…
y hubieramos roto cosas,
mientras mamá nos retaba.

Pero ya ha pasado el tiempo.
Otro tiempo nos separa.
Y es otro niño ese nño
que de tu mano llevabas.
Ya no eres esa mujer, de la orgullosa elegancia.
Ya no eres esa muchacha, que de mi brazo paseaba
con la sonrisa feliz, y la frente levantada.
Hay tristeza en tu semblante.
Hay belleza en tu mirada.
Yo tampoco soy el mismo,
mi juventud ya se ha muerto.
Esta marchita mi cara
marchita de sufrimiento, que la soledad depara.

Esta tarde te ví…Cuánto dolor en mi pecho.
Cuántas ganas de gritar
este grito que ahora siento.
Cuántas ganas de romper
este transcurrir del tiempo.
Cuántas ganas de gritar
la verdad que estoy viviendo,
porque es mentira que vivo!!!
hace rato que estoy muerto!!!
Porque no tengo ni hogar,
ni esposa ni el niño mio.
Porque en el calor del mundo
me estoy muriendo de frío
Porque nada pudo ser.
Pues solo fue un sueño mio.
Ya no volveran las noches
en que rondaban los trinos.
los trinos de mil zorzales
cantandole a nuestro niño.
Ese niño que en mi pecho
solamente había nacido.

Es por eso que esta noche
en mi cuarto de soltero.
Quiero arrojar este llanto.
Quiero gritar lo que siento.
Quiero culpar a la vida
por todo este sufrimiento.
Porque no fue culpa mia,
y Dios sabe que no miento.
Quiero gritar mi verdad.
Que nunca feliz he sido
Que me perdone la vida
si soy mal agradecido.
Que me perdone mi Dios, por lo que ahora le pido
Quiero morirme esta noche
total no tiene sentido
el que yo siga viviendo.
Si hace tiempo que no vivo.
Dejame morir Señor!
Es todo lo que te pido!
Para acunar en mi sueño, para acunar en mi sueño
al hijo que no he tenido…al hijo que no he tenido.

Autor de este poema canción, ALDO MONGE

Anuncios

Poema: “Romance para aquel hijo que no tuve contigo”


Rafael de León

Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí… tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: — ¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío…
Y repetí como un eco:
“¡Cuando tengamos un hijo!…”
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba en equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a… la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
“¡Cuando tengamos un hijo!…”
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
“¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!…”

Poema Madre Nuestra La Tierra


Aurora Reyes

A ti, Coatlicue, Madre omnipresente;
principio y fin de todo ser terrenal.

Cuando dormías, Madre
?elásticas hamacas mecidas por el tiempo?,
halo de niebla apenas
en la blanca serpiente de tu órbita,
un diamante de labio transparente
cristalizó la sombra de tu cuerpo.

Tu corazón fue líquida mirada,
juventud sideral enamorada.
En tu vientre, la rosa giratoria congregando vertientes,
igniscentes anillos, vorágines en danza;
caos elementales de esférica alegría…

Y tu piel invisible se fue haciendo manzana.

Primavera terrestre en los cielos nupciales:
manto de aérea nube, satélite de plata,
lenta falda de víboras sedientas,
germinal atributo de oscuras dinastías
entrelazado génesis mortales.

Aprendiste en silencio el secreto profundo;
los varones del sol te lo dijeron
luz a luz, rayo a rayo, en las entrañas.

Fueron en ti las duras raíces de las piedras,
las estaciones broncas, las causas vegetales,
metrópolis enhiestas de verde muchedumbre,
litorales de sílabas cautivas
en los ojos de luces minerales.

Amaneceres, muertes, nacimientos.
Borbotaron fecundos manantiales
al áspero pezón de la montaña
y juntaste en el cuenco de la mano
los mares verticales de tus lágrimas.

Un día primordial edificaste
la arquitectura grácil del poema
?¿almendra del anhelo!?
y el Hombre fulguró en la superficie
del frutal paraíso de tu sueño;
en la espina y la roca conmovida,
en el ala tendida del relámpago,
en la cuna solar de las crisálidas,
en el vértigo vivo del océano.

Le llamaste con todos los nombres de los seres:
pétalo rojo, sorprendido insecto,
fosforescente fiera del corazón del monte
y pájaros y peces de dorada centella.

Horas de soledad y fantasía
ensayando contornos, volúmenes, colores,
en el fruto esperado de la siembra:
¿Cómo será el delirio como espuma?
¿Y la mano del viento como ola?
¿Y la noche en el ojo de la estrella?

El amor con los dedos del silencio
construía la tela de tus cielos…

Apareció la imagen bajo perfil humano:
¡Niebla y polvo cayeron en su mínimo espejo!

Surgió para decir las formas nuevas
que no alcanza tu mano de inocencia,
para viajar tus signos infinitos,
multiplicar por dos tu pensamiento,
escuchar tu canción en su palabra
y poder abrazar tu propio pecho
cuando en ti se desnudan los amantes.

Y abarcar tu destino, poseído
en la suma total de las presencias:
amar tu amor en el espacio abierto,
en el fondo marino de la sangre,
en el barro que anuda las distancias,
en la perla de sal que nos dejaste;
repetir tu latido en la tiniebla
de la frente quebrada del cadáver.

Ahora estás mirándome en mí misma
como el eco insondable del espejo:

Inmensurable Madre,
sembradora
pasión desesperada,
hacedora implacable,
grano a grano preñada,
gigante paridora.
Cosechera,
mandíbula feroz,
ávida espiga,
grávida golosa,
volcánica, tenaz,
Diosa legítima,
Coatlicue sin quietud,
¡Devoradora!

Madre nuestra La Tierra
que fluyes en el poro de todo lo viviente,
reflejas tu emoción en los plurales,
caminas desde el centro de lo Uno,
prologas el hechizo de los números pares;
que rondas en el paso y la caída,
respiras en el hueco sonoro de la noche,
sonríes en el astro de fuegos tutelares
y en los trémulos cauces del verbo de la leche.

Mueren las extensiones en tus brazos,
de ti nacen honduras y pilares;
¡Qué sabor de granada turbulenta!
¡Qué perfume colérico de sangre!
Eres punto y esfera, muslo de agua,
nido y fosa y atmósfera radiante,
y todas las palabras y los niños
y los gajos de todas las naranjas.

Gravitas en los cálices ocultos,
en la rama calcárea de mis huesos,
en mi vientre de sombra sacudida,
en la memoria de algo
que de ti se desprende y conmigo comienza.

Turba mis continentes tu frescura entrañable
transitada del río callado del misterio,
húmeda de esqueletos y yerba derretida,
devastados veranos y pétreos yacimientos.
¡Tierra de sumergido paraíso
en donde no hay lugar para el destierro!

Ante los horizontes del abismo
en que vierte universos lo perpetuo,
interrogo a la luna de mi muerte:
¿Cómo será la luz como semilla?
¿Y la raíz profunda como vuelo?
¿Y el pacto del silencio y el silencio?

Cuando tomo en mis manos un puñado de tierra
y resbalan sombríos planetas por mi tacto,
me ahoga una ternura dolorosa de niebla,
derrúmbanse los arcos de mi nombre
y ruedo hasta los últimos paisajes
de la tierra que sube por mis labios.

CUANTO HUBIERA DADO POR NACER UN DIA


Papitos: no sé si deba llamarlos así
porque en realidad nunca lo fueron;
cuando descubriste, mamita, que estaba en ti
sentiste náuseas, pretextos mil
que papito y tú me destruyeron.

Aún recuerdo con vasta pena
hace seis meses que tú, mamita,
en una noche te diste cuenta
que estaba envuelto en tu placenta
y te dio rabia, mucha, infinita.

Sentí algo amargo, ¡más qué importaba!
uno en el vientre vive tranquilo;
el sexto hijo era yo, ¡cuánto te amaba!
sumaba días, multiplicaba,
el mismo mes me parecía un siglo.

Soñaba tanto con ver las flores,
la luz del día, mis hermanitos…;
sería bueno con mis mayores,
todos mis actos serían mejores
por ver alegres a mis papitos.

Soñaba tanto en aquel momento,
en el instante en que me tendrías;
me veía envuelto, cubierto a besos,
tú siempre, siempre me arrullarías
y mi papá me diría: “¡Travieso!”.

Mas esa noche, ¡ay!, que bien recuerdo,
llegó papá, te miró nerviosa,
corriste, y en aquel encuentro,
hablaste de mi, que me llevabas dentro,
que estabas triste, te sentías mal, temerosa.

Sentí que él se quedó inquieto,
quiso llorar, quedó en silencio,
te vio con ansia, te vio con miedo;
¡él me quería!, casi estoy cierto,
¡iba en su vida, en su pensamiento!.

Mas el demonio pudrió su mente,
le dio egoísmo, le dio veneno;
sentí temor, me quedé pendiente,
escuché llantos y gritos fuertes,
tantos reproches que se dijeron.

Mi fetal alma ya comprendía
todos los gritos, ¡falsas palabras!
pensé en vivir, que me salvarían,
que antes que nada sí me querían,
que estaban limpias aún sus almas.

Iba a ser bueno con mis papitos,
no lloraría en toda la noche,
me aguantaría, sería un hombrecito,
no lanzaría siquiera un grito
para evitarme cualquier reproche.

Cuando acostaron a mis hermanos
sentí bonito, quise ir con ellos,
eran tan buenos, ¿no había lugar?
y que importaba, así chiquito
me conformaba con estar cerca,
yo dormiría en el suelo.

Escuché entonces, papá, tu voz quebrada
por el cansancio o por el desvelo,
que era imposible que yo llegara;
más importante era que te compraras
un coche azul último modelo.

Sentí morirme, lloré en silencio
¿Eso es ser padres?, ¡yo les pregunto!
¿no me querían?, ¡¡¡por qué me hicieron!!!
¡yo no pedí venir a este mundo !

Al día siguiente, muy de mañana,
al hospital se fueron dispuestos;
miré por última vez aquella casa,
¡¡¡la que iba a ser mi casa!!!
a mis hermanos, tranquilos, quietos,
no imaginaban lo que pasaba
los niños sólo somos traviesos.

Miré aquel cuarto impecable, blanco,
y una mirada implacable, fría,
y sentí miedo, te di un abrazo,
busqué a papito, busqué una huída,
grité, lloré, me hice pedazos
porque atentaban contra mi vida.

Vi a mi papito, ¡lo vi temblando!
cuando pasábamos en la camilla;
le vi una lágrima en la mejilla
¡sí me quería!, ¡estaba llorando!

¡Sálvame!, ¡sálvame! te gritaba
te vi indeciso por un instante
pero a medida que nos llevaban
tú, mi papaíto, me abandonaste.

Cerraron puertas y te durmieron
y quedé solo, aislado, preso;
iba a morir, lo sabía, ya no imploraba;
¿para qué? ninguna súplica serviría de nada.

Sentí un dolor agudo aquí, en mi pecho,
solo un ratito y después, nada… ¡nada!.

Mi cuerpecito aún caliente
quedó en un frasco, ya estaba muerto,
el doctor dijo que próximamente
sería usado en experimentos.

Perdí mi cuerpo mas no mi alma,
que ahora descansa junto al creador,
y hoy, a casi un año de aquella infamia,
yo los recuerdo con mucho amor.

Y aunque soy ángel, a veces sufro
al ver que a solas lloran y gimen,
al acordarse a cada segundo
de aquel aborto que fue su crimen.

Se acordarán de mi por todo un siglo
en cualquier parte, en cualquier lugar,
cuando descubran a cualquier niño
que va en los brazos de sus papás.

Yo ya los he perdonado
papá, mamá, aunque en realidad nunca lo fueron
prometo velar por ustedes y por mis hermanitos;
adiós les dice para siempre:
¡EL QUE PUDO HABER SIDO SU HIJO!

HUARACHES PARA LOS REYES


Escuché una voz en mi conciencia, como un eco,
como un grito, una voz de protestas y de quejas
que partió del infinito.
La escuchó también el ave de rapiña,
la escuchó la raposa en su guarida,
los canarios entumidos en sus nidos, y la paloma perdida.
Esa voz que escuchara mi conciencia,
era la voz de un niño;
encumbrado al filo de la montaña entre esperanzas
fallidas, entre buitres y entre lobos,
entre cardos y entre espinas.
Un niño con pies descalzos con la tierra confundido,
con las manos ateridas y con el cuerpo encogido;
tiene un cansancio de siglos,
y un mañana sin principio.
Se ha hecho eterna su fatiga,
se ha hecho eterna su paciencia;
pero tiene en su existencia las raíces del pasado,
la fe y el amor al mundo, al mundo que lo ha olvidado.
¡Y bajó Loncho la montaña y bajó la montaña con Loncho,
porque él es la montaña, la milpa, la raíz, la tierra!
¡El huele a tierra, a pasto seco, a leña verde y ahumada,
huele a resinas y a heno, huele a corteza quemada!
¡El hambre debe oler así, cuando se va consumiendo
en la humildad y en la sed!
¡Y bajó Loncho la montaña por la escalinata
de tierra agrietada extendida al sol!
Habló con el más viejo de los viejos
en una casita de palma reseca, lodo y aguasol.
¡Yo no “vide” pal’suelo, y la partí en pedazos!
¡María me pegó con todas sus ganas,
con todas su “juerzas” me pegó en los brazos!
¡Pero eso no me duelel ¡Me duelen sus lágrimas!
¡Me duelen sus ojos! ¡Me duele María … !
¡Yo quiero a María, mucho que la quiero!
¡Pero ella me dijo que yo soy muy malo,
que nunca me fijo!
¡No quiero ser malo! ¡No quise ser malo!
¡Pero la muñeca no era de “adeveras”!
¡Era solamente una pobre cuchara de palo!
¡”Perora” voy, voy y busco a esos reyes,
a esos reyes que les dan juguetes a los niños ricos!
¡Quiero la muñeca! ¡La muñeca de las trenzas negras!
¡En nombre de todos los santos del cielo,
quiero la muñeca! jY tienen que dármela!
¡Tienen que dármela abuelo!
¡Y si no quieren cruzar por el monte,
y si no quieren cruzar por el llano,
porque tienen zapatos muy finos, zapatos dorados,
entonces, les diré de plano que a’i’stan los huaraches
que me dio tío Chano antes que muriera!
¡Y con los huaraches que crucen pal’lIano!
¡Y con los huaraches que crucen pal’monte para que yo los vea!
¡Yo no quiero juguetes pa’mí; ¡Sólo quiero juguetes
pa’ella! ¡Quiero la muñeca de las trenzas negras
que tanto desea y tanto ruega!
“Pa’mí pos’no, pa’mí nada quiero!
¡Pal’cabo soy hombre! ¡Y pal’cabo que un hombre no juega!
Y sigo escuchando esa voz, la voz de los Lonchas
que tienen sus chozas arriba del monte, muy arriba del monte;
por encima de toda justicia entre hermanos;
por encima de toda bondad;
más allá de los retorcidos derechos humanos!
autora: Catalina Pastrana

DE LA VIDA DE UNA DAMA


Autora: Catalina Pastrana

Ante un tribunal de justicia,
estaba de pie, cansada, fría y altiva la mirada
esperando el fallo del juez,
una bella mujer.

Escaló los peldaños de la fortuna y la fama,
y alcanzó como ninguna
el lugar prominente de una dama.

Envuelta en su mutismo soportaba
Las voces que en su alma le gritaban.

¡Habla, defiéndete! ¡Que las palabras
no se cierren en ti!
y recordaba ahí, aquellos días calurosos en la playa,
libres las manos y libre el pensamiento,
sin pena, contemplando el firmamento,
y mirando las gaviotas que volaban.

Siempre tuvo por casa el firmamento,
no soporto un techos sobre su cabeza,
ni una lagrima ajena a su tímida tristeza.

Buscó como la alondra
un refugio en distintas lejanías,
un sol penetrante en cada aurora,
y un nuevo amanecer en cada día.

Pero quedó todo atrás; sus amores,
sus aciertos se esfumaron para tomar nueva forma
como el polvo de los muertos.

Y ahora ahí, desesperada,
fingiendo ser abnegada se entregó;
pero empezó a reaccionar fríamente y sin clemencia,
gritaría la verdad, la verdad de su inocencia.

¿La verdad? –se preguntó-, ¿y después
¡Tomarán a la culpable! ¡Y eso no!

¡A ella no…! ¡Es tan bella la pequeña…
que no pueden traerla aquí;
es mi hija y creo que sueña con vivir
cerca de mí!
¿Qué me pasa? ¡No la quiero…! ¡No la quise…!
¡Al nacer la abandoné en una casa cuna ,
aunque jamás la olvidé!

Una vez volvía a la calle, caminé con sobresaltos
muy cerca de aquella casa, la casa donde la dejé
tuve miedo de mirarla y por miedo me alejé.

La noche de aquel suceso, azorada desperté,
con insistencia llamaban, me asusté.

Abrí, y frente a mí contemplé, tiritando por el frío,
o por el miedo, no sé; a esa joven…
a mi hija… temblando cerca de mí.

Llovía un poco esa noche,
no supe pues si lloraba, o eran las gotas de lluvia
que en su rostro resbalaban.

La tuve cerca de mí, y nos miramos las dos,
Nada me podía decir, porque temblaba su voz,
y temblaban sus palabras como un nidito empollado,
no pudo seguir hablando, sólo supo balbucir:
-¡Mamá!- por primera vez la oí,
¡Sé que eres mi mamá!

Comprendí que no mentía, pero no le respondí.
¡No lloré, no me hinqué, no pedí perdón, ni hablé,
por ella nada sentí, ¿o fingí que no sentía?
No lo sé… le pregunte qué quería.

-¡Maté a un hombre , -repetía-,
y no tengo dónde ir!

¡Lo maté porque me dijo, que si yo le daba un hijo
en el altar juraría que nada nos faltaría,
y mintió porque mintió lo maté, mas voy a tener el hijo!

Vine aquí porque se que iré a presidio,
pero antes quise saber que se sentía estar contigo,
saber… porque me dejaste, por qué mamá, di ¿por qué?
antes que vengan por mí.

Pero ya no contesté. La puerta se abrió,
y no se… no recuerdo qué pasó…
cuando el agente llegó, le dije que era yo…
yo, la que lo mató.
¡Pero ahora ya pasó; voy a decir la verdad.
Yo no la maté, no; y no puedo quedarme aquí, porque se que
moriría, y no hay ninguna razón, porque yo no la quería!

Dejó de reflexionar cuado el Juez le preguntó:
-Es usted,- la señaló, ¿la culpable?

Ella entonces levantó su bello rostro, inmutable,
y sabiéndose respetable, y conociendo su inocencia,
se exaltó. No iba a pedir clemencia, no;
iba a decir la verdad.
Mas la verdad no se oyó, porque su voz se le ahogó
En medio de la conciencia, y respondió con débil voz:

-¡Yo… señor juez… yo….
En nombre de Dios le juro que la verdad le diré:
A ese hombre… lo maté…yo lo maté… yo lo maté…!

Ahí terminó la audiencia,
El juez vio a la procesada, y le dictó su sentencia
como era su deber

¡Veinte años para la acusada, veinte años…
Y no eran sólo los años sino el fin de una mujer!

Camino de la prisión, miré su rostro impenetrable,
no le noté aflicción, por que le vieran culpable,
llevaba la satisfacción de cumplir con ese amor,
amor sublime de madre!

AGUA QUE HUELE A RESINAS


Autora: Calina Pastrana

México:
En el eco de tus montañas hay fatiga,
hay cansancio en las hiervas,
en el canto de las aves hay protesta,
y hay tristeza en la oscura suavidad de la espesura.
La inconformidad se siente en la llanura,
los rencores se acumulan en los cardos
y en la oquedad de los troncos el odio se acuchilla.

El arado se traba entre los surcos,
la mano de mi hermano va empuñada,
con los ojos clavados en la tierra
y el pensamiento metido en las entrañas.

Tienen sed de justicia tus anhelos inciertos,
tienen sed de esperanzas hasta los mismos muertos;
y la justicia comodina y ciega,
va arrastrando en hilangos la codicia.

¡Así cantan los poetas,
así van hilvanando sus ilusiones huecas!
¡Yo le pido que canten suavemente,
pero que le canten a los pájaros y a las flores,
que no me canten a mi, no me hace falta su canto!

El que hablaba era un hombre enflaquecido
con la piel enjuta asta los huesos
y los pies partidos por el lodo.

¡Yo no quiero- decía- los versos del poeta,
tengo sed de justicia y de verdades!

Que callen por favor
que los derechos no se cumplen con palabras;
la poesía alimenta el pensamiento,
pero deja en el estomago la misma necesidad,
y el mismo sufrimiento.

Me acerque mas a el y en silencio
Escuche lo que decía:

Yo me fui de mi pueblo cargando mis tristezas,
hoy regreso a mi pueblo con las mismas pobrezas.

¡Vengo a mirar la cara a la justicia,
y quiero que la justicia vea mi cara!
¡Si no fuera mujer le exigiría
que tuviera vergüenza y más hombría!

Yo no quiero escuchar palabras enmieladas,
yo conozco una sola, una sola palabra sin poesía
que es parte de mi cuerpo y de mi sangre,
una sola palabra carcomida,
y no la digas poeta… ¡es mi hambre!

El hombre en su cotón más flaco se veía,
con la cara ceniza y con las manos vacías.

Una mueca en la sonrisa la borró bien sus lágrimas,
y me dolió cuando dijo con humildes palabras:

Yo nací en este pueblo con casitas de palma,
muy cerca baja el rió con olor a resinas,
no tenemos descanso, tenemos la capilla;
el viejo campanario se llena de gorriones
y de pocos rosarios.

Cuando un perro se muere por falta de tortillas,
lo arrastra la barranca,
y de esa agua que corre se llenan las tinajas.

No tenemos farmacias,
tenemos curanderos, que quitan los dolores
con hiervas y milagros.

Son muy grandes las tierras,
y son grandes los potreros,
es buena la cosecha, pero es grande la colmena.

El rió se va secando igual que las resinas,
y se va secando el hambre, igual que la fatiga;
pero de mis pesares no, no repartiré yo quejas,
yo solo tengo una; el canto del poeta.

En el tiempo del tiempo
llegan a este pueblo los hombres del partido
alborotando gente,
quieren que todo el pueblo, en un solo estallido,
aumente más el triunfo del hombre prometido.

Y en toda es alegría del aplauso candente,
la tristeza se esconde, y tiene fiesta mi pueblo
fiesta para los perros y fiesta para mi gente.

Hoy que e vuelto a mi pueblo, me encontré con las promesas,
entre las mismas cosas y con las mismas quejas,
promesas de esos hombres que no fueron cumplidas,
y que se fueron quedando como cosa perdidas.

Porque, ¡nada cambio en mi pueblo!
¡Están los mismos anhelos y están los mismos quejidos!
¡el mismo sol inclemente y el mismo canto del grillo!

Encontré en los basureros el mismo olor de los cerdos,
las mismas moscas picando sobre los huesos de un perro.

Los atajos polvorosos y el cansancio del arriero,
pisando con sus huaraches la tierra del hormiguero.

También encontré cansada a la misma mujer preñada,
lavando en las mismas piedras.

Las barrancas estancadas y dentro de esa agua puerca,
toda la sed de mi pueblo.

Hay marañas en las calles,
hay fatiga y hay tristezas,
hay rencores y protestas, pero protestas a Dios,
protestas que son sus quejas guardadas con devoción.

Al volver hoy a mi pueblo,
me encontré con esos hombres del poderoso partido;
han traído las promesas que ya no tienen sentido.

¡Han puesto ya la tribuna sobre el tronco de un capiro,
y han colgado los papeles que siempre dicen lo mismo!

¡Escuchen … Si… Están diciendo lo mismo!

¡No han cambiado sus palabras que jamás he comprendido!
¡Es la misma cantaleta y siempre el mismo estribillo!

¡Por favor díganles que se callen!
¿Alguien?¿Alguien quiere decirles que se callen?

¡No quiero escuchar ya palabras ejidales ,
no quiero escuchar el ruido de ese enjambre,
se me secó el entusiasmo cuando se secó mi hambre!

¡No tengo fe ni confianza,
solo tengo mi cansancio!

¡Y mi cansancio no sirve.
Y no sirven mis aplausos!

¡Alguien debe decirles que se callen¡
¡No entiendo su revolución, no soy razón de su meta!

Me han cansado las promesas
Y me han cansado también…
¡Los versos, los versos de los poetas!